(Foto Yuri CORTEZ / AFP)

¿Qué es lo que representan las movilizaciones de la Generación Z para la juventud y la clase trabajadora a nivel mundial? Y ¿Cómo podemos aprender, ser parte y replantear la transformación radical de la sociedad? Estas preguntas, para cualquier activista político o militante, son pertinentes en el reciente periodo de protestas, revueltas y nuevas formas en que se presenta a nivel mundial. Y que sin dudas, son resultado de las cocnlsiones de miles frente a las tensiones de un periodo marcado por la guerra, el genocidio, las agresiones imperialistas, el ascenso de la extrema derecha y la violencia de genéro.

Por Alternativa Socialista, PIMR en México

Una generación que vive la peor faceta del imperialismo

En el caso de América Latina, los últimos meses y años han estado marcados por el incremento de agresiones imperialistas, golpes de estado judiciales y victorias electorales de la extrema derecha financiada y apoyada por Trump, que plantea el dominio de la región a partir del uso desnudo, indiscriminado y abierto del garrote imperialista. Desde septiembre de 2025, Estados Unidos ha llevado a cabo al menos 12 ataques militares contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, bajo el pretexto de combatir el narcotráfico. Según el Pentágono, estas operaciones han dejado más de 60 personas muertas y han destruido quince barcos.

La agresión a Venezuela con la movilización de la flota más grande del ejército americano al Mar de Sudamérica. La USS Gerald R. Ford, uno de los portaaviones más poderosos del mundo, ha sido desplegado cerca de Venezuela junto a otros buques de guerra. El gobierno de Maduro, antes de su detención, respondió declarando movilización militar masiva, elevando la tensión al nivel de una crisis regional con riesgo de una extensión del conflicto en Colombia. Lo que fue reforzado tras la detención de Maduro, y las declaraciones de Trump de que Petro podría ser el siguiente, amenazando también a México y a Cuba.

A esto se suma el reciente apoyo de la CIA en los intentos de golpes de Estado judiciales en Guatemala y Colombia, contra los mandatos populares electos como el de Pedro Castillo, Gustavo Petro y Bernardo Arevalo. La derrota de dos décadas de izquierda en Bolivia. El triunfo de la extrema derecha en Chile con la candidatura de Antonio Kast, la victoria legislativa de Milei en Argentina, la exportación del autoritario proyecto carcelario de Nayib Bukele en El Salvador y los intentos por recuperar las bases militares norteamericanas en Ecuador con el apoyo de la oligarquía ecuatoriana encabezada por Noboa. Cada semana Marco Rubio amenaza con intervenir México con las mentiras difundidas masivamente por Fox News sobre los nuevos enemigos imaginarios de la seguridad nacional norteamericana: el narcotráfico. A esto sumamos las tarifas, las amenazas arancelarias y las operaciones encubiertas de la CIA que ya son propias de la actitud opresiva, extorsionadora y brutal del imperialismo americano.

A ello se suman los acontecimientos en el corazón mismo del imperialismo, con el triunfó de Zohran Mamdani en la alcaldía de Nueva York y el incremento de las redadas anti inmigrantes de ICE. El asesinato de Renee Good en Mineapolis, no ha hecho sino reavivar las poderorsas manifestaciones contra la política de Trump y su brazo ejecutor, la Border Proteccion, reviviendo el sentimiento entre miles de norteamericanos contra el racismo y la discriminacion de los migrantes. Y reviviendo también, escenas multitudinarias manifestaciones contra las deportaciones como las de Los Ángeles en junio de 2025 pero ahora en otras ciudades como Nueva York o Mineapolis.

Una generación que vive la peor faceta del capitalismo

Estos procesos no pueden entenderse como fenómenos aislados, sino como parte de una crisis del sistema capitalista. En el centro de esta crisis está la contradicción inherente del capitalismo, en que cada vez se concentra más riqueza en pocas manos y externaliza el costo social sobre las generaciones de jóvenes sobreexplotados, sin pensiones ni jubilaciones, contrato, prestaciones de ley, salarios dignos y seguridad laboral. Esta generación de jóvenes, nacidos entre 1997 y 2010 se encuentra frente a una treta del imperialismo mezclada con la crisis doméstica del mercado interno que subvierte la soberanía de los pueblos latinoamericanos para preservar los intereses de los capitales imperialistas y sus representantes locales.

Según la OIT, la tasa de desempleo juvenil en América Latina y el Caribe fue del 13.6% en 2023, más del triple de la de los adultos, siendo la población con la mayor tasa de desempleo. Además, casi el 60% de los jóvenes en la fuerza laboral trabaja en el sector informal sin prestaciones ni pensiones, lo que constituye una forma técnica de desempleo itinerante. Alrededor del 20% de los jóvenes son los mal llamados “NiNi” (ni estudian, ni trabajan), lo que refleja un alto grado de exclusión social y laboral. Solo en el caso particular de México, el INEGI muestra que de los 30.4 millones de personas en el rango de edad de 18-29 años, 14.5 millones (47.6%) no tiene un empleo fijo al primer trimestre de 2025. De esa cifra, 63.4% eran mujeres. A esto hay que sumar las extensivas jornadas laborales con horarios de esclavitud de hasta 12 horas, sin sumar las horas de traslado a los centros de trabajo y hogares que ya son propios de un infierno laboral.

Esta lógica actual del capitalismo choca directamente con las condiciones materiales de existencia de la Generación Z, que no sólo hereda la precariedad laboral sino también la deuda, la violencia, la brutalización del imperialismo y el autoritarismo. Esta es la situación global de una generación de jóvenes trabajadores marcados por los años auge del neoliberalismo, la crisis financiera de 2008, la pandemia en 2020 y la crisis actual: pauperización del trabajo, violencia del narcotráfico, destrucción de las políticas de bienestar, las agresiones imperialistas y las constantes crisis de gobiernos en la región han sido parte elemental de su experiencia temprana. Es una generación que desde su nacimiento ha vivido crisis tras crisis, y que pesé a ello, la que ha adquirido las conclusiones más avanzadas entre la clase trabajadora, como afirma Marx en El Capital “La industria, al exponer a niños, jóvenes y mujeres a un trabajo excesivo, los despoja de su juventud y produce en ellos una madurez prematura. De este modo […] hace surgir cabezas viejas sobre hombros jóvenes, y acelera el desarrollo moral y de clase del proletariado”. Es por esto que desde Perú hasta Bangladesh, Marruecos o Irán, los contingentes más decididos de las luchas contra el autoritarismo y las precarias condiciones de vida y trabajo, sean sobre todo las y los jóvenes quienes han salido con mayor determinación a las calles para cambiar esa situación.

Una generación que vuelve a la lucha de clases

En los últimos 6 meses, los jóvenes entre 18 y 25 años de edad, han dado un salto de las discusiones en foros masivos de internet al escenario de la lucha masiva y organizada en las calles. Consigo, la juventud como un factor dinámico del movimiento obrero ha arrastrado tras de sí en cuestión de días el apoyo de sindicatos, organizaciones indígenas y campesinas; que a su vez, han presionado a sus direcciones burocráticas para elevar las acciones industriales en solidaridad. Ante este hecho debemos preguntarnos ¿cómo estos nuevos elementos recomponen la lucha de clases, sus formas y los métodos con los que combate la clase obrera? Donde antes los sindicatos industriales eran el sujeto principal de las luchas callejeras, hoy aparecen los colectivos digitales en Tik Tok y Discord, foros masivos en línea, liderazgos descentralizados y tácticas híbridas (redes digitales de organización, nuevas formas en las que los jóvenes ingresan al terreno de la militancia y nuevos símbolos, estéticas y lenguajes de resistencia inspirados en la cultura pop de nuestra época).

Difícilmente podemos encontrar algún movimiento histórico importante que no haya tenido a la juventud como protagonista: desde la Revolución Rusa hasta las actuales protestas de la Generación Z. Hay que entender las motivaciones, los sufrimientos y lo que está sucediendo con los nacidos entre 1997 y 2010, quienes han sido los principales convocantes. No son solamente una generación de estudiantes como lo fue la de 1968, sino que son ingentes masas de jóvenes que a temprana edad ya forman parte de la fuerza laboral: trabajadores informales, desempleados itinerantes, precarios deudores, de día obreros-de noche universitarios, con una erosión agónica de la idea de futuro. Una generación que ya no cree en la idea de “éxito” de la fracasada ideología neoliberal. Además, un rasgo distintivo de la época es el internacionalismo que está permeando en el conjunto de luchas a nivel mundial. Desde las movilizaciones contra el Cambio Climático impulsadas por Greta Thunmberg, la reciente oleada feminista o la lucha contra el genocidio en Palestina, millones de trabajadores han llegado a la conclusión más o menos desarrollada de que la lucha a nivel internacional es una sola.

Al observar el reciente estallido en Perú, encontramos uno de los ejemplos más avanzados de esta dinámica: allí, la Generación Z no sólo impulsó movilizaciones multitudinarias contra la reforma de pensiones impuesta por el gobierno de Dina Boluarte, sino que también rompió el estancamiento político de la izquierda generado tras el derrocamiento de Pedro Castillo. Las marchas masivas de octubre y noviembre mostraron un nuevo tipo de acción directa que reactivó el movimiento social contra el golpe judicial en 2019: jóvenes que organizan concentraciones relámpago, bloqueos, brigadas de defensa comunitaria y difusión digital mediante transmisiones en vivo que reemplazan a los medios tradicionales capturados por la oligarquía peruana. Su radicalidad empujó a sectores de trabajadores —como los transportistas— a sumarse a los paros regionales, demostrando que las fracciones más explotadas de la clase trabajadora adquieren más rápidamente conclusiones revolucionarias y llevan tras de sí otros sectores que ya contaban con sus organizaciones de clase pero que se encontraban anquilosadas.

En Paraguay, los estudiantes secundarios y universitarios han protagonizado protestas contra el encarecimiento del transporte, la precarización laboral y el control oligárquico sobre los servicios del Estado. La juventud paraguaya se enfrenta a un régimen profundamente conservador, clientelar y corrupto de Santiago Peña, pero aun así ha logrado articular redes autónomas para denunciar la corrupción y el saqueo del presupuesto educativo. Esa chispa juvenil se combina con el creciente malestar en el funcionariado público y en los trabajadores precarizados de las maquilas, organizados en nuevas agrupaciones sindicales que se sumaron al llamado de la convocatoria por grupos de Discord. Paraguay refleja, aunque en una etapa más embrionaria, el mismo fenómeno: una generación despojada de futuro, pero decidida a construirlo colectivamente.

En México, la derecha intentó, de manera oportunista, montarse sobre el movimiento juvenil que surgió tras el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo. Influencers conservadores y políticos de derecha intentaron transformar la protesta juvenil contra la violencia del narcotráfico en una campaña pro-Trump, conservadora, ultracatólica, con tintes autoriarios y contra el gobierno de Claudia Sheinbaum. El resultado fue una derrota para la derecha. La supuesta movilización del 15 de noviembre, llevada a cabo por estos grupos, sólo logró atraer a un gran número de conservadores, en su mayoría adultos que pasaban de los 50 años, que nada tienen que ver con la mayoría de jóvenes trabajadores en este país. La Generación Z y sus colectivos desenmascararon la absurda trampa en redes sociales, afirmando que, a falta de plataforma, símbolos e ideas, esta derecha oportunista y derrotada intenta robarnos las nuestras.

En Brasil, mientras tanto, la juventud y los pueblos indígenas lideran un proceso de radicalización en respuesta al “capitalismo verde” promovido por la COP 25, presentada por las grandes potencias como una cumbre “ecológica”, pero en realidad orientada a asegurar nuevas formas de extracción de minerales estratégicos para la industria capitalista en la región. Las movilizaciones en Manaos, Recife y São Paulo contra los megaproyectos mineros, la deforestación y el acaparamiento de tierras demuestran que la lucha climática en América Latina no es simplemente una cuestión de ambientalismo liberal: como lo han dejado claro los pueblos indígenas en pronunciamientos públicos y en el asalto masivo a los edificios de la COP 25, es una lucha de clases, una lucha por el territorio, contra el supuesto “progreso” y una lucha por la supervivencia contra el lucro.

Un nuevo capítulo en la historia de la clase trabajadora

Todo este panorama demuestra que la Generación Z no es un fenómeno pasajero ni una simple moda, sino reflejo de un proceso más profundo de recomposición de la clase trabajadora latinoamericana. Lo que presenciamos es el surgimiento de una fuerza de trabajo joven —precaria, explotada, endeudada, sin futuro garantizado— que, mediante la lucha, comienza a transformarse en una clase para sí misma, con una identidad colectiva, métodos autónomos y una conciencia embrionaria de su rol revolucionario frente a las injusticias del capitalismo. Las organizaciones marxistas que buscan influir en este nuevo ciclo no pueden simplemente repetir consignas ni exigir a los jóvenes la adopción de símbolos o lenguajes que no les pertenecen. Nuestra tarea es diferente: acercarnos, escuchar, estudiar, participar, aprender y tender puentes que integren el marxismo con las nuevas formas de acción y expresión de la juventud trabajadora.

Si la izquierda revolucionaria logra comprender profundamente este fenómeno y actuar como parte orgánica de él —y no como un comentarista externo— podrá fusionar el potencial combativo de la Generación Z con la fuerza histórica del proletariado organizado. Esta convergencia puede ser la base de un nuevo ciclo de revolución social en América Latina.