VENEZUELA EN LA ENCRUCIJADA ¡ABAJO LA AGRESIÓN IMPERIALISTA!

Pesé a la dramática agresión norteamericana en Caracas y la propaganda imperialista, la clase trabajadora en Venezuela y América Latina ha salido a las calles para denunciar el secuestro de Nicolas Maduro. Pero sobre todo para defender las conquistas del chavismo y la revolución bolivariana, y contra la amenaza que representa la intervención para quienes se atrevan a desafiar los deseos del imperialismo norteaméricano. Incluso su capital financiera, Nueva York, ha sido testigo de importantes movilizaciones contra el secuestro de Maduro.
Buró latinoamericano del Proyecto por una Internacional Marxista Revolucionaria
Ciertamente, y pese a la complicidad de los medios corporativos que en su mayoría ha optado por ignorar las protestas multitudinarias en Caracas a favor de la liberación de Maduro, es un hecho que la caída de Maduro no significó la caída de su régimen, la burocracia chavista ni del propio chavismo. Como algunos analistas han señalado se trata de la toma del rey sin ser un jaque mate. El anuncio del propio Trump de permitir que Delcy Rodríguez asuma la presidencia interina de Venezuela, da cuenta de que pese a la quirúrgica operación militar, el imperialismo no tiene el control de la situación. Por el contrario, imponer a María Corina Machado o Edmundo González sólo podría empeorar la situación. El propio vocero del sector financiero norteamericano, el New York Times, rechazó el operativo en su editorial un día después del secuestro de Maduro señalando que “si existe una lección primordial de las relaciones internacionales estadounidenses del siglo pasado, es que intentar derrocar incluso al régimen más deplorable puede empeorar las cosas” (ver El ataque de Trump a Venezuela es ilegal e imprudente).
Pero ¿qué puede significar para un sector del imperialismo que las cosas puedan empeorar? ¿A qué lecciones del pasado se refieren los voceros del sector financiero de Estados Unidos? La respuesta a estas preguntas no es muy difícil de encontrar, siendo Venezuela y el chavismo la clave de las mismas. El 11 de abril de 2002, el imperialismo intentó derrocar al entonces presidente Hugo Chávez. Sin embargo, las movilizaciones de masas que estallaron en Caracas y otras ciudades del país caribeño no sólo frenaron el golpe de Estado reinstalando a Chávez como presidente de Venezuela, sino que además catapultaron la radicalización del proceso bolivariano con expropiaciones de empresas en manos de control estatal, el desarrollo de las comunas como órganos democráticos de los barrios populares que determinaban qué acciones o medidas impulsar y la propia radicalización de Chávez quién puso de nueva cuenta el socialismo en la opinión pública mundial.
Ello explica porque Trump ha apostado por una operación relámpago en Venezuela ante el temor de una prolongada resistencia popular encabezada por milicias civiles que, pese al descrédito internacional y las acusaciones de ilegitimidad, defienden la presidencia de Maduro y su retorno. De haberse optado por una intervención directa, en estos momentos ya se estarían contando los muertos por miles entre las filas del ejército estadounidense, y la prensa norteamericana estaría informando del traslado y llegada de cadáveres a su territorio como lo fue durante su catastrófica aventura militar en Vietnam y la humillante caída de Saigón en 1975. El imperialismo aprende de sus lecciones y ese escenario podría marcar el “¡hasta aquí!” de los planes de Trump y Marco Rubio en la región.
De ello se desprende que el chavismo no ha perdido el control de la situación en Venezuela, pese a que el secuestro de Maduro. Esto último, es en gran medida el resultado del creciente aislamiento de Maduro y el chavismo a nivel mundial, así como el deterioro de su imagen como consecuencia del desastre económico del país caribeño que ha llevado a más de siete millones de venezolanos a salir del país en busca de mejores oportunidades convirtiéndose muchos de ellos en una verdadera fuerza de activistas anti chavistas a nivel internacional. Esto representa aproximadamente una cuarta parte de la población venezolana, que en su gran mayoría son parte del pueblo trabajador venezolano.
Lo anterior significa que existe una situación crítica en Venezuela, incluso antes de la agresión que explica las razones del imperialismo para lanzarla, pero ello no significa que la clase trabajadora no se ha desmoralizado ni dispersado por completo—como cabría esperar tras un ataque de esta naturaleza y el secuestro del presidente— ni tampoco se han replegado a sus casas. Por el contrario, la movilización de las milicias civiles y las protestas en las calles se han fortalecido. Por otra parte, como jamás se había visto en el pasado (ni siquiera tras el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 contra Chávez), la oposición ha quedado prácticamente paralizada y humillada, incluso tras la negativa de Trump por apoyar la presidencia de Maria Corina Machado en una posible transición “democrática”. El chavismo, con todas las distorsiones, errores y vicios que implica su dirección, mantiene el control de la situación en Venezuela pese al secuestro de Maduro.
La declaración de Marco Rubio —“poner a prueba a Delcy”—, más allá de anunciar un intento del imperialismo por fracturar al chavismo aprovechando la degeneración yoportunismo de su dirección, fomentando a su vez la idea de la traición, constituye en los hechos un reconocimiento implícito de que el imperialismo se enfrenta en Venezuela a un adversario de mayor peso: la clase trabajadora organizada en torno al chavismo. Un adversario cuya confrontación directa por la vía militar implicaría un costo devastador tanto para Estados Unidos como para el propio futuro político de Trump. Esta es, en términos políticos, la herencia de Chávez y el movimiento que engendró en 2002, una herencia que rebasa los límites de la burocracia y del partido, y que se manifiesta en la capacidad de movilización callejera y en la organización popular de las comunas y asambleas comunales —más de 40 mil— dispuestas a defender cualquier prerrogativa frente a la política del imperialismo estadounidense y los intentos de traición al interior de la dirección del PSUV y el gobierno.
En este marco, resulta pertinente preguntarse, más allá de las infructuosas teorías sobre una supuesta traición en el seno del gabinete presidencial o una salida pactada de Maduro, qué significa para la burocracia chavista, para el imperialismo estadounidense e incluso para el progresismo latinoamericano el ascenso de un poderoso movimiento antiimperialista en las calles frente a las agresiones recientes y las que están por venir. Se trata de la misma interrogante que quedó resuelta con el desbordamiento popular en defensa de Chávez tras el golpe de Estado de 2002, y que hoy vuelve a colocarse en el centro del debate político ante los límites y contradicciones de la política estatal y del entramado institucional de la democracia burguesa.
Por un lado, es innegable que el aparato del chavismo ha atravesado un proceso profundo de degeneración y desgaste. Lo que en parte explica las razones de la agresión de Trump, o como dice una de las máximas del arte de la guerra: la debilidad invita a la agresión. Ello explica también el llamado del propio Diosdado Cabello, otrora oponente de Maduro por la conducción del chavismo, en la madrugada misma del bombardeo de Caracas y el secuestro de Maduro a “no facilitarle las cosas a los enemigos”. En términos simples, Diosdado llamó a la parálisis del movimiento de masas y a dejar en manos de la burocracia chavista la decisión sobre las acciones a impulsar para la defensa de Maduro, que le ha costado a este último su traslado al territorio enemigo. El desarrollo del movimiento de masas, como en 2002, no sólo hubiera frenado en seco el secuestro de Maduro sino que impulsaría el proceso venezolano aún más a la izquierda, poniendo no solo al imperialismo sobre las cuerdas sino a la propia burocracia bolivariana responsable de la catástrofe.
La bestia de pies de barro
Tanto en Venezuela como en Estados Unidos, la burocracia bolivariana y el propio Trump se encuentran atrapados en una encrucijada para avanzar hacia una nueva fase del plan de control y cerco. Por una parte la administración Trump queda condicionada por las consecuencias aún por verse de la operación en un contexto de crecientes tensiones internas: elecciones intermedias atravesadas por el escándalo Epstein, fracturas en el movimiento MAGA, crecientes denuncias y movilizaciones contra las redadas migratorias y la victoria del demócrata socialista Zohran Mamdani en la capital financiera del capitalismo estadounidense, una señal que inquieta profundamente a los multimillonarios y al establishment republicano y demócrata. El ataque contra Venezuela y el secuestro de Maduro constituyen la apuesta política más arriesgada de Trump en lo que va de su mandato, orientada a recuperar una legitimidad erosionada, incluso más deteriorada que durante su primer período, cuando perdió la reelección frente a Biden, y por debajo del nivel de desaprobación con el que este último cerró su gestión. Según la revista Forbes, Trump finalizó 2025 con un índice de aprobación del 39%. A ello se suma que, desde el inicio de su segundo mandato, el Partido Republicano ha perdido todas las elecciones locales realizadas hasta ahora, incluida Miami, mientras su base social —el movimiento MAGA— se debilita y se amplía el distanciamiento de un sector creciente de congresistas republicanos.
La aventura imperialista en Venezuela, así como las amenazas dirigidas contra Cuba, México y Colombia, pueden representar un breve respiro para Trump y Rubio de cara a las elecciones intermedias de noviembre próximo, al tiempo que intentan sepultar bajo el silencio sus vínculos con Epstein y reunificar las disidencias de su propio gabinete. Si ese objetivo no se cumple —y todo indica que el desenlace avanza en ese sentido—, su administración podría sumirse en un desorden irreversible, acosada tanto por sus propios aliados parlamentarios como por la presión interna e internacional contra la errática actitud de un imperialismo en decadencia. A unos días del ataque en Caracas, el Senado norteamericano ha votado ya en contra de Trump, con el apoyo de cinco senadores republicanos, impidiendo nuevas acciones militares sobre Venezuela sin la autorización del Congreso.
Paralelamente es evidente que la imagen de Maduro se fortalecerá, no solo dentro de Venezuela sino en la izquierda latinoamericana y mundial como un rehén del imperialismo. Y con ello, también el régimen de los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez. Más aún cuando este último ha anunciado la liberación de al menos algunas centenas de presos políticos incluido Enrique Marquez, ex candidato del Partido Comunista de Venezuela. Pero a su vez, esto pondrá en cuestión tanto a las acciones unilaterales de la burocracia bolivariana como quienes bajo la supuesta defensa de la revolución bolivariana han enmudecido las críticas ante las medidas de la burocracia.
La respuesta del progresismo latinoamericano
Las reacciones de Petro, Boric, Sheinbaum y Lula no tardaron en llegar, denunciando la agresión injustificada y condenando los ataques estadounidenses como violaciones flagrantes de los acuerdos y del derecho internacional, hoy prácticamente vaciados de contenido. No obstante, resulta evidente que las capacidades —e incluso la disposición política— para responder de manera efectiva a este desafío son escasas. Las condenas verbales han quedado rápidamente relegadas frente a la respuesta de Trump, materializada en nuevas amenazas de incursiones militares y sanciones comerciales. El progresismo latinoamericano debe asumir que ya no enfrenta al imperialismo “clásico” del período neoliberal, sino a la expresión más descarnada de una potencia en declive que proclama sin tapujos que América Latina es “su hemisferio” y su “patio trasero”.
En este escenario, el futuro de la democracia y la supervivencia de los proyectos progresistas dependen de la capacidad real de construir una integración regional sólida en los planos comercial, político y militar frente a un gigante con pies de barro, una hegemonía que, en su agonía, recurre a la violencia como último sostén de su dominación. Ante lo cual, se vuelve evidente a los ojos de millones de latinoamericanos la necesidad de conformar un bloque regional para la defensa contra las agresiones imperialistas y como una forma de hacer contrapeso a los intentos de subordinación económica y comercial al mercado norteamericano. Y que permita romper de una vez por todas la dependencia de la región, en camino a la federación socialista de América Latina.


