¡Necesitamos urgentemente una alternativa de la izquierda militante!

Vladimir Bortun, Nikos Anastasiadis, Athina Kariati, Jonas Von Vossole, Guiliano Brunetti (ASI). (Original en inglés).

Además de las similitudes geográficas y culturales, los países de Europa meridional también comparten, como característica fundamental, un desarrollo capitalista combinado y desigual. Esto sentó las bases de divisiones estructurales a lo largo de amplias líneas Norte-Sur, tanto a nivel europeo como dentro de los propios países, con estridentes diferencias socioeconómicas entre las diferentes regiones (por ejemplo, entre el norte y el sur de Italia). Esas divisiones se consolidaron y profundizaron con el proceso de integración europea y la Zona Euro en particular. Esto se reflejó más claramente en la crisis de la Zona Euro que comenzó hace un decenio y que afectó en particular (aunque no exclusivamente, como en el caso de Irlanda) a los Estados miembros del sur. La nueva crisis económica de toda la UE, construida sobre condiciones que existían antes del comienzo de la pandemia del coronavirus, sacará a la superficie esas divisiones de manera aún más cruda siguiendo claras líneas de clase. Frente a esto, la mejor respuesta será la solidaridad internacional y la lucha coordinada de las clases populares en todo el continente.

La Eurozona y la “periferia” del sur

En cualquier análisis marxista, el antagonismo clave es el que existe entre el capital y el trabajo. Al mismo tiempo, los marxistas también señalan y se oponen a las relaciones de dominación entre los países más y menos avanzados. Bajo el capitalismo, el primero siempre intentará, y a menudo conseguirá, aprovecharse del segundo, como nos muestran cientos de años de colonialismo y neocolonialismo. La competencia inherente al sistema capitalista hace imposible cualquier cooperación genuina y a largo plazo entre los estados-nación. El proyecto de “integración europea” no es una excepción a esta regla.

Detrás de la narrativa ideológica de paz, prosperidad y fraternidad se esconden los intereses económicos de las clases capitalistas, en particular las de los países “centrales” como Alemania, Francia, los Países Bajos, Finlandia o Austria. Esto sucede a expensas de los países “periféricos” y “semiperiféricos” del este y el sur del continente, ya que se convierten en mercados abiertos y depósitos de mano de obra barata para impulsar la maximización de los beneficios del gran capital. Por supuesto, los recortes, las privatizaciones y la presión a la baja en términos de salarios e impuestos que la arquitectura neoliberal de la UE conlleva socavan simultáneamente los niveles de vida de los trabajadores de los países “centrales” y benefician también a los capitalistas de los países “periféricos”.

La UE es, por lo tanto, un caso paradigmático de la interacción entre las divisiones de clase e internacionales, sobre la que Lenin escribió hace más de un siglo: “En el umbral del siglo XX vemos la formación de un nuevo tipo de monopolio: en primer lugar, las asociaciones monopolistas de capitalistas en todos los países capitalistas desarrollados; en segundo lugar, la posición monopolista de unos pocos países muy ricos, en los que la acumulación de capital ha alcanzado proporciones gigantescas”.

Estas divisiones tienen sus raíces históricas en el desarrollo desigual y combinado del sur de Europa. Aquí el capitalismo se desarrolló más tarde que en los países del norte, con fuertes vestigios del sistema feudal hasta finales del siglo XX (la clase terrateniente, la Iglesia, etc.) y, en general, con débiles burguesías nacionales, que no podían competir a la par con el capital más maduro y consolidado de los Estados del norte. Esto dio lugar a una división que se hizo evidente con la crisis de la Zona Euro que comenzó hace una década. Si bien la UE y las instituciones nacionales culparon por esta crisis a la “pereza de los sureños” y a sus “inflados sistemas de bienestar”, sus causas estaban vinculadas al diseño neoliberal de la “integración europea”.

En primer lugar, el neoliberalismo sustituyó la anterior política dominante de salarios que crecían proporcionalmente con la productividad por una de estancamiento salarial. Esto se hizo, por supuesto, para conseguir un aumento inmediato de los beneficios, así como para impulsar las exportaciones. Este enfoque se adoptó en Alemania, en particular, pero también en los países escandinavos, Bélgica, los Países Bajos y Austria, dándoles una ventaja en los mercados de exportación.

En segundo lugar, a esto se sumó la “apertura de los mercados” en los países del sur, que permitió a los gigantes del norte dominar sectores clave de esas economías y cerrar la competencia. Esto reforzó aún más su ventaja industrial y tecnológica, lo que les ayudó a aumentar su cuota de mercado a expensas de otros Estados miembros de la Zona Euro. Por lo tanto, los déficits comerciales y de cuenta corriente de los países del sur aumentaron, perdiendo grandes partes de su cuota de mercado internacional. Además, en el contexto más amplio de la globalización neoliberal, muchas economías del sur dependían más de industrias basadas en el trabajo manual con bajos salarios, lo que significaba que se veían afectadas de manera desproporcionada por el proceso de deslocalización de la producción.

En tercer lugar, los estados miembros perdieron sus poderes monetarios una vez que se unieron a la Eurozona, poderes que en el pasado les habían permitido limitar o disminuir sus déficits, devaluando su moneda o simplemente imprimiendo más dinero. Además, las reglas del Banco Central Europeo le prohíben ayudar a los gobiernos a financiar sus déficits y gestionar los tipos de interés de su deuda. Esto dejó a los gobiernos nacionales a merced de los mercados internacionales de bonos. Al mismo tiempo, estos gobiernos también utilizaron a menudo esta camisa de fuerza impuesta por la UE como una oportunidad para justificar los recortes del gasto público.

En cuarto lugar, cuando los déficits superaron el límite del 3% del PIB establecido por el Tratado de Maastricht (que fue el primer paso en la creación de la Zona Euro), los Estados miembros del sur entraron en un círculo vicioso con los bancos de las economías centrales basadas en el superávit en el otro extremo. En 2008, antes de que comenzara la crisis de la Eurozona como tal, esos bancos poseían el 65% de la deuda de Portugal, el 66% de la de Grecia y el 67% de la de España. Aun así, la mayoría de estos países alcanzaron niveles de deuda comparativamente más altos sólo después del comienzo de la crisis, cuando rescataron a los bancos pidiendo prestado aún más dinero.

Por supuesto, dicho esto, mientras que países como Italia y España pueden ser considerados como “semi-periféricos” en el contexto del proyecto de la UE, son de hecho potencias imperialistas lejos de ser periféricos en la esfera más amplia del capitalismo global. Además, las elites capitalistas nacionales del sur de Europa no pueden de ninguna manera ser absueltas de la culpa de la desastrosa situación que se ha infligido a las masas de sus países. No cabe duda de que la solución a las crisis que enfrentan las poblaciones del sur de Europa no radica en el fortalecimiento de ningún capitalismo nacional o regional en relación con sus competidores, sino en una lucha internacionalista a nivel continental contra todas las elites capitalistas .

La respuesta del statu quo capitalista a estos problemas fue la terapia de choque de las medidas de austeridad, que resultó ser una catástrofe económica y social, hasta el punto de que incluso los economistas del FMI acabaron por admitir que “el aumento de la desigualdad generado por la apertura financiera y la austeridad podría por sí mismo socavar el crecimiento, que es lo que la agenda neoliberal intenta impulsar”. Es bien sabido que, en todo el sur de Europa, estos acontecimientos dieron lugar a movimientos masivos contra la austeridad, huelgas generales y al ascenso electoral de nuevos partidos de izquierda reformistas como SYRIZA (Grecia), Podemos (España) y el Bloque de Izquierda (Portugal).

Sin embargo, los límites programáticos, estratégicos y organizativos de estos partidos les impidieron en última instancia ofrecer el tipo de alternativa socialista necesaria para hacer frente a los problemas estructurales mencionados y sus efectos. En 2015, SYRIZA capituló su programa reformista moderado sólo seis meses después de entrar en el gobierno, aplicando nuevos recortes y otras medidas neoliberales durante el resto de su mandato y allanando así el camino para el retorno de la derecha al poder; no muy diferente de la situación en Chipre, donde AKEL no ha podido ofrecer una alternativa al statu quo neoliberal y pro austeridad. En España y Portugal, Podemos y el Bloque de Izquierda, respectivamente, han terminado siendo socios menores de los gobiernos dirigidos por los socialdemócratas, perdiendo gradualmente su atractivo como alternativas de izquierda. Además, en Italia, una nueva formación de izquierda no logró emerger del todo, debido en parte a la pasada bancarrota del principal partido de izquierda, Rifondazione Comunista, y en parte al auge del populista Movimiento Cinco Estrellas, que logró captar parte del ambiente antisistema de la sociedad. Todos estos fracasos tendrán inevitablemente un impacto, al menos en el período inmediato, en cómo se canalizará políticamente ese estado de ánimo en el contexto de esta nueva crisis económica.

COVID-19 y la recesión mundial

Puede ser tentador culpar a la “recesión mundial más profunda en décadas”, que sólo este año verá una contracción del 5,2% del PIB mundial, únicamente a la pandemia, como lo hace un reciente informe del Banco Mundial. Sin embargo, si bien la COVID-19 podría haber desencadenado una crisis incluso por sí sola, esta crisis será aún mayor debido a las condiciones que se han ido acumulando durante varios años, con niveles de deuda pública y privada que superan incluso, ya desde principios de 2019, los de la anterior crisis financiera. A nivel de la UE, se estima que la contracción del PIB será aún mayor este año, un 7,5%, con un 7,8% sólo en el caso de la Zona Euro.

En un intento de impulsar la recuperación económica, los Estados miembros y la Comisión han acordado, tras meses de duras negociaciones que reflejaron las contradicciones mencionadas, un plan de recuperación económica de unos 750.000 millones de euros. Se dice que los dos principales beneficiarios de este plan son Italia y España. Sin embargo, debido a la presión de los países llamados “frugales” (Austria, Dinamarca, Suecia y los Países Bajos), sólo la mitad del dinero se dará en forma de subvenciones, en comparación con los 500.000 millones propuestos inicialmente. Esto vendrá con condicionalidades dirigidas a ‘reformar’ estas economías, que serán supervisadas por la Comisión Europea, permitiendo a otros estados miembros tener un aporte e incluso bloquear la transferencia de dinero en caso de que las ‘reformas’ no se lleven a cabo como corresponde. Todos sabemos lo que esto significa en la jerga neoliberal: más recortes (en particular en lo que respecta a los derechos de los trabajadores y las pensiones) y privatizaciones, como se ha señalado en un artículo anterior en nuestro sitio web. Aunque también se habla de reformas de la economía digital y verde, esto sigue siendo muy vago y, de hecho, la idea de impuestos verdes y digitales en toda la UE fue previsiblemente abandonada en favor de un impuesto mucho más modesto sobre los residuos plásticos.

Por supuesto, los trabajadores, los jóvenes y las clases medias de los Estados miembros del norte también sufrirán esta nueva recesión económica, en particular los trabajadores con contratos precarios y los de las industrias basadas en la exportación, así como los trabajadores de los sectores públicos que probablemente serán objeto de recortes de gastos. No obstante, los Estados miembros del sur -y los del este aún más- son especialmente vulnerables a esta nueva recesión económica, como se ilustra a continuación.

Estado español

El lento crecimiento económico en el Estado español ya comenzó a desacelerarse el año pasado, como signo de la incapacidad del capitalismo en general para volver a los niveles de crecimiento anteriores a la crisis financiera. La gravedad de la pandemia afectará a la situación económica aún más que la media de la UE. El Banco de España estima una caída del 15,1% del PIB sólo este año. Para poner esto en perspectiva, en la crisis anterior el PIB cayó un 9,5% en un período de 6 años.

Aparte de la pandemia como tal, la estructura de la economía también ayuda a explicar estas sombrías perspectivas, ya que el 72% de todos los puestos de trabajo se encuentran en las PYMES (frente al 66% de la media de la UE) y el turismo representa nada menos que el 12% del PIB. Pero lo más importante es que el estímulo fiscal directo a partir del 10 de septiembre ha sido bastante limitado (sin incluir los próximos fondos de recuperación de la UE), de sólo el 3,5% del PIB, en comparación con el 6% en Francia, el 6,7% en los Países Bajos y el 8,9% en Alemania (sin incluir el estímulo de las autoridades regionales), lo que refleja una vez más el mayor desequilibrio entre las economías basadas en el déficit y el superávit que se ha señalado anteriormente.

Al mismo tiempo, es probable que la deuda de España aumente hasta el 120% del PIB, desde el 95% a finales de 2019, mientras se estima que el desempleo alcanzará el 20% este año, aunque todavía menos que hace una década (25%). Todo ello no hará sino empeorar el nivel de vida de la gente corriente, ya que el recién introducido plan ïngreso Mínimo Vital de 3.000 millones de euros es totalmente insuficiente para contrarrestar esto. De hecho, el actual gobierno dirigido por el PSOE (cuya Ministra de Economía, Nadia Calviño, declarada neoliberal, fue propuesta recientemente como presidenta del Eurogrupo) parece dispuesto a aplicar cualquier medida de austeridad que la UE pueda exigir a cambio de estímulos financieros. Lo que es más preocupante, en una entrevista reciente, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, celebró el acuerdo tomado por los líderes de la UE como una ruptura con la austeridad y el neoliberalismo, sembrando así ilusiones en lo que probablemente implicará, de hecho, más medidas de austeridad y neoliberales – un reflejo de las ilusiones más profundas en la reformabilidad de la UE y del capitalismo en general.

Con la principal fuerza política de izquierda, Unidas Podemos (la alianza entre Podemos y la más pequeña y ligeramente más radical Izquierda Unida), que forma parte de este gobierno y que difícilmente se retirará en un futuro próximo (menos improbable quizás en el caso de Izquierda Unida), y con los líderes sindicales siguiendo la línea de la ‘paz social’, existe el peligro de que la izquierda existente no sea capaz, en el período inmediato, de canalizar la ira popular que generará una mayor austeridad. En cambio, ésta podría beneficiar políticamente a los populistas de extrema derecha de Vox, aunque en las regiones con importantes movimientos independentistas (por ejemplo, Euskal Herria) las fuerzas nacionalistas de izquierda (como BILDU) podrían estar en mejores condiciones para obtener más apoyos. Esto plantea con bastante agudeza la urgencia de que se desarrolle una nueva alternativa de izquierda y se convierta en un nuevo polo de atracción para los trabajadores, los jóvenes y los activistas. El ambiente militante en ciertos sectores (educación y sanidad pública, pero también empleos precarios), que probablemente se intensificará en otoño, el dinamismo de los movimientos feministas y antirracistas, así como la reciente escisión del grupo Anticapitalista de Podemos con el propósito declarado de construir un nuevo proyecto de izquierda enraizado en los movimientos de masas, son todos factores positivos que pueden desempeñar un papel en este proceso de reconstrucción.

Portugal

El Banco de Portugal proyecta una recesión del 9,5% del PIB en 2020. La deuda pública probablemente se elevará al 135% del PIB. El gobierno del PS, dirigido por Antonio Costa, estima que el déficit público alcanzará el 7% este año. Esto anulará completamente el llamado éxito de la política de “austeridad suave” del ministro de finanzas y ex presidente del Eurogrupo, Mario Centeno, que había puesto en tinta azul el presupuesto estatal de Portugal por primera vez desde la caída de la dictadura fascista en 1974. Centeno se despidió de ambos cargos en medio de la pandemia, dejando que su sucesor limpiara el desastre.

Las cifras de desempleo no han aumentado fundamentalmente todavía porque el gobierno portugués introdujo una llamada “política de despido” que subvencionó públicamente al sector privado con fondos de seguridad social para evitar despidos masivos. El programa garantizaba que los trabajadores no podrían ser despedidos durante la pandemia, pero su empleo se “detendría” con la garantía de que recibirían ⅔ de su salario. Sólo el 30% tendría que ser pagado por los empresarios, mientras que el 70% estaría garantizado por el sistema de seguridad social. El sistema pone en peligro masivamente la sostenibilidad financiera de la seguridad social.

Las estadísticas de desempleo tampoco tienen en cuenta el desempleo creado en la economía informal y el empleo estacional, que son sectores económicos cruciales para las economías periféricas: el turismo y la agricultura. Muchos de los trabajadores del sector agrícola -en particular en la región del Alentejo- son migrantes indocumentados de Europa oriental y África que trabajan en condiciones casi de esclavitud y no tuvieron acceso a ninguna forma de ayuda al extinguirse su empleo.

Antonio Costa dirige un gobierno minoritario y depende de acuerdos a su izquierda y derecha para asegurar la estabilidad política. Al inicio del bloqueo, el gobierno impuso un estado de emergencia que limitó los derechos democráticos, incluyendo el derecho a la huelga y la protesta. Aunque toda la vida social se paralizó, la construcción y la industria no se detuvieron. Las medidas de emergencia impidieron que los trabajadores exigieran el cierre de sus lugares de trabajo o políticas de higiene más estrictas. La mayoría de las primeras grandes oleadas del virus en Portugal se produjeron en los barrios industriales, especialmente en los alrededores de Oporto y en el centro logístico de Azambuja, cerca de Lisboa.

Hasta ahora no ha surgido ninguna oposición fundamental: el Bloque de Izquierda apoyó este estado de emergencia y el PCP se abstuvo. En lugar de construir una oposición hacia el gobierno del PS, ambos partidos han tratado de pasar un mensaje de “responsabilidad”, y una continuación de los acuerdos del anterior gobierno de Geringonça. Estas estrategias ya habían llevado al hecho de que la ira sistémica hacia las políticas gubernamentales se canaliza cada vez más a través de la extrema derecha. En las elecciones del año pasado, el partido CHEGA consiguió el primer diputado de extrema derecha – André Ventura – desde el colapso del fascismo. Mientras tanto, algunos sondeos de opinión muestran que CHEGA – que durante la pandemia trató de culpar a los gitanos por los brotes de virus y defendió la necesidad de campos de confinamiento para los gitanos – ya ha superado al PCP y al Bloque de Izquierda y se convertiría en el tercer partido de Portugal en las próximas elecciones.

Italia

Italia es uno de los países de Europa más afectados por la epidemia y se verá aún más afectado por las consecuencias económicas de la misma. La pandemia golpeó a un país que no había crecido económicamente durante veinte años y que ya era considerado como el “gran enfermo de Europa”. Según la UE, Italia tiene el peor crecimiento estimado para 2020 de toda la Unión, con un descenso del PIB del 11,2%. Eso llevaría la deuda pública a un estimado de 160% del PIB. Tal nivel de deuda pública en la tercera potencia de la UE, ligado a las complejidades del sistema bancario italiano, muy expuesto en el extranjero, representa un peligro enormemente perjudicial para la estabilidad de la moneda única en Europa.

El Istat, el Instituto Nacional de Estadística, estima que más de una de cada tres empresas, el 38,8%, están en riesgo de cierre. El peligro de cierre es mayor entre las microempresas (40,6%) y las pequeñas (33,5%) pero es “significativo” también entre las medianas (22,4%) y las grandes (18,8%). Más de seis de cada diez hoteles y restaurantes corren el riesgo de cierre en el plazo de un año como consecuencia de la emergencia del coronavirus, poniendo en peligro más de 800.000 puestos de trabajo. En el sector, el 65,2% de las empresas se definen como en riesgo de supervivencia.

El sentimiento general que existe en la sociedad italiana es que algo grande debe suceder. Este sentimiento no existe sólo entre las clases populares, sino dentro de la clase dirigente. Desde hace varios años, los servicios secretos advierten a los gobiernos sobre el riesgo de inestabilidad y movilización social. Este año, fue la propia Ministra del Interior, Lamorgese, quien declaró explícitamente que la propagación de la pobreza entre millones de familias italianas conlleva el riesgo de un otoño caliente y de revueltas desde abajo.

La realidad es que la pobreza masiva está avanzando a un ritmo increíble. Millones de familias se enfrentan al espectro del desempleo en un país donde los beneficios públicos son pocos y muy difíciles de obtener. Mientras escribimos, todavía hay familias de trabajadores que esperan el fondo de despido anunciado en marzo, que no han recibido ni un céntimo desde entonces.

El gobierno de Conte es apoyado por una débil mayoría compuesta principalmente por el M5S (Movimiento 5 Estrellas) y el Partido Democrático. La mayoría se basa en el terror que tiene el M5S de ir a las elecciones donde corre el riesgo de desaparecer. El miedo a unas elecciones anticipadas que casi con seguridad ganaría la derecha es el principal pegamento que mantiene unido al gobierno. Por esta razón, es poco probable que veamos elecciones anticipadas pronto, especialmente con el riesgo de una segunda ola de la pandemia y con las elecciones regionales programadas para septiembre.

Dicho esto, el gobierno podría desmoronarse en cualquier momento. En el caso de una votación en el parlamento para el llamado ESM, la mayoría parlamentaria corre el riesgo de dividirse. Por esta razón, ahora estamos siendo testigos de la improbable rehabilitación de Silvio Berlusconi, ex Primer Ministro involucrado en juicios de todo tipo por escándalos sexuales, financieros, de corrupción, etc. … La rehabilitación de Berlusconi tiene como objetivo explorar la posibilidad de que Forza Italia, vinculada al PPE (Partido Popular Europeo), pueda apoyar a la mayoría parlamentaria de Conte.

Esta escisión interna en la corriente principal de la derecha italiana, ahora dominada por la alianza entre la Liga y los Fratelli d’Italia (otro partido de derecha), refleja la complejidad de la crisis económica y el terror que siente una parte de la burguesía italiana ante la posibilidad de un gobierno populista de derecha que podría tomar, voluntariamente o no, el camino de Italexit. La rehabilitación de Forza Italia también dice mucho sobre la gravedad de la crisis de la izquierda, y del M5S, que, habiendo vivido sólo del anti-Berlusconismo, terminó resucitándolo y haciéndolo presentable.

En este contexto, caracterizado por la explosión de una crisis social en un escenario dominado por la proletarización de las clases medias, y por un fuerte sentimiento antielitista y la ausencia de la izquierda, corremos el riesgo de asistir a una radicalización reaccionaria masiva de la clase media empobrecida en busca de soluciones radicales para contrarrestar la crisis. Si la izquierda no recupera una perspectiva anticapitalista clara y radical, corre el riesgo de asistir a esta radicalización sin poder intervenir de ninguna manera.

Grecia

En Grecia el gobierno de derecha de Nueva Democracia intenta presentarse como un “modelo” para hacer frente a la crisis del coronavirus, basándose en el bajo número de personas infectadas, al menos hasta ahora, y el bajo número de muertes -menos de 300 hasta el momento de redactar este informe (11/9/2020) en una población de 11 millones. Esto se basó en el rápido bloqueo que el gobierno implementó, que a su vez se vio obligado a hacer frente al gobierno debido al conocimiento de que el sistema de salud en Grecia, desmantelado por las políticas de austeridad de los Memorandos, no podía hacer frente a la alta presión. También temían la reacción de la clase obrera griega, que tiene tradiciones muy militantes, si la situación evolucionaba de la misma manera que en Italia y España. Este “éxito” de Mitsotakis lo ha mantenido en las encuestas – alrededor del 40% de apoyo mientras que el principal partido de la oposición, Syriza, está alrededor del 20%. Sin embargo, la apertura de las fronteras a los turistas sin pruebas masivas u otras restricciones y la flexibilización de las medidas de distanciamiento social “en beneficio de la economía” ha comenzado a cambiar el panorama, amenazando con un grave repunte en nuevos casos.

Según la mayoría de las estimaciones, el PIB griego caerá alrededor del 10%, el desempleo llegará al 23% y la deuda pública aumentará hasta el 204% del PIB. Esto vendrá después de una década de crisis durante la cual el PIB se redujo en un 26% y las vidas de millones de personas de la clase trabajadora fueron devastadas.

El gobierno de ND utilizó el bloqueo y todavía utiliza la crisis de la Covid-19 para imponer políticas represivas más brutales y austeras. Se aprobó una nueva ley que impone severas restricciones a las protestas y manifestaciones, y los “organizadores” están amenazados con fuertes multas y penas de cárcel. Otra nueva ley permite “inversiones” (minas, hoteles, parques eólicos, etc.) en natura-2000 y otras áreas protegidas, lo que provocará la degradación y la destrucción del medio ambiente. Además, se han introducido nuevas leyes y reglamentos laborales. Con el pretexto de salvar puestos de trabajo, decenas de miles de trabajadores ven reducidos sus salarios, y/o son obligados a contratos a tiempo parcial por sus empleadores y se están aboliendo varios derechos de los trabajadores. Además, se ha aprobado un nuevo proyecto de ley de educación que, entre otras cosas, aumenta el número de estudiantes por clase para recortar la financiación de las escuelas públicas, ataca los derechos democráticos de los estudiantes y los profesores, aumenta los exámenes y da un impulso a la educación privada.

La perspectiva de otra crisis profunda es una pesadilla para la clase trabajadora. Sin embargo, las capas más militantes de la sociedad ya están organizando luchas para defenderse. Después del confinamiento se produjeron importantes movilizaciones, incluyendo manifestaciones masivas contra la nueva ley que restringe severamente el derecho a la protesta, contra la nueva ley de destrucción del medio ambiente, y también protestas y huelgas de profesores, trabajadores del arte, trabajadores de la industria turística, etc. Las capas más militantes de la sociedad no sólo tienen que luchar contra el gobierno de derecha, sino también “combatir” la desilusión de las capas masivas de la sociedad debido a la capitulación de SYRIZA y las traiciones de los dirigentes sindicales. Sin embargo, el proceso de contraataque ha comenzado, como lo reflejan las luchas en torno al medio ambiente en los últimos años, e incluirá importantes batallas en el próximo período.

Chipre

En ambos lados de la isla de Chipre, los gobiernos implementaron un cierre total, cerrando los puertos y aeropuertos rápidamente después de que aparecieron los primeros casos. Ambas economías se basan en el turismo y los servicios, por lo que ambas se encuentran en una crisis financiera muy grande, incluso después de tomar los préstamos y subsidios de la UE, y Turquía para el norte.

En el sur, el gobierno neoliberal de derecha de la DISI gastó el 5,7% del PIB durante el cierre de la asistencia social y los subsidios, y está planeando dar un 7% extra en préstamos, de las subvenciones y préstamos de la UE. La economía real, sin embargo, está sufriendo.

La mayor parte del dinero dado durante el cierre fue exoneración de impuestos, dejando vacías las arcas de los fondos estatales. En ese sentido, el Ministro de Economía ya ha declarado que pronto habrá necesidad de recortes en el sector público. A pesar de que se prevé que una pequeña cantidad de las subvenciones se destine al sistema de salud, que fue el principal lugar de propagación del virus debido a años de degradación, el proceso de privatización de la salud continúa. El segundo paquete de ayuda consiste principalmente en préstamos, que se prevé conceder a empresas “viables”, excluyendo a muchas PYMES que todavía sufren la crisis anterior y que tienen muchos créditos que probablemente no puedan pagar. Algunas de las subvenciones de la UE se dan con el intercambio de desregular más el mercado laboral subvencionando el trabajo a tiempo parcial y los contratos de cero horas.

Se estima que la contracción de la economía después del cierre, y con las pérdidas del sector turístico, alcanzará el 7% para el 2020. El turismo es el principal sector de la economía y representa el 23% del PIB. El hecho de que en los primeros 7 meses de 2020 solo llegaran el 14% de turistas que en 2019, muestra el daño que se ha hecho. Con los nuevos préstamos de la UE, la deuda ya alcanzó el 120% del PIB durante el verano, y se calcula que será del 1165% del PIB a finales de año, un nivel similar al de 2013 cuando los bancos se derrumbaron. Al igual que en la crisis anterior, todas estas “limosnas” y préstamos tendrán que ser devueltos por los trabajadores, que después de 2013, vieron sus ingresos reducirse en un 25%, el trabajo a tiempo parcial aumentar en un 50%, el sistema de bienestar social destruido y los salarios del sector privado reducidos casi a la mitad.

En el norte de Chipre, a pesar de que tanto Turquía como la UE concedieron algunas subvenciones, éstas sólo representaron el 0,4% del PIB. Por lo tanto, desde el primer momento, el gobierno de derecha UBP-HP recortó el 25% de los salarios de los trabajadores del sector público, y el 25% de los presupuestos de los gobiernos locales. El sector de la salud pública se encuentra en muy malas condiciones, con insuficientes camas en la UCI, ventiladores o personal hospitalario, y no se ha hecho ninguna inversión para cambiar la situación. Aunque Turquía prometió un préstamo de 325 millones de dólares (alrededor del 8% del PIB), esto va acompañado de otro protocolo económico que no incluye inversiones serias en el sector de la salud, sino que presiona para que se realicen más privatizaciones, y apoya principalmente las inversiones turcas en la isla. El único dinero que llegó al gobierno turco fueron los subsidios al ejército, como parte del armamento que se está llevando a cabo ahora en torno a las reservas de gas natural en el Mediterráneo Oriental. La situación está creando un gran descontento, y aunque la economía está en muy mal estado, la Plataforma Sindical (una coalición de la mayoría de los sindicatos del norte) se movilizó contra la apertura de los aeropuertos exigiendo primero arreglar el sistema de salud y sólo después abrir la economía, especialmente a Turquía, donde la Covid-19 no está todavía bajo control. Dos meses después del fin del primer cierre y la apertura de las fronteras, el norte de Chipre se enfrenta a una segunda oleada de casos y vuelve a cerrar las fronteras con Turquía.

La pandemia habría sido una buena oportunidad para que la Unión Europea mostrara la “solidaridad” que proclama hipócritamente y, en el caso de Chipre, para mostrar la colaboración de las dos comunidades para proteger al pueblo de su peligro común. Sin embargo, los intereses contradictorios de los capitalistas y su codicia por obtener más beneficios y explotación los ha llevado a ocuparse de la pandemia sólo dentro de sus propias fronteras oficiales y, en el caso de Chipre, extraoficiales, a expensas de las vidas humanas. Aunque el cierre fue apoyado por la población de ambos lados de la isla, la primera medida que tomaron los gobiernos fue cerrar los puestos de control entre el norte y el sur, lo que inicialmente provocó un importante movimiento bicomunal, pero luego, cuando la pandemia llegó a la isla, dio paso al miedo, la sospecha y el nacionalismo.

La izquierda tradicional “comunista” en ambos lados de la isla, AKEL en el sur y CTP en el norte, a pesar de estar en la oposición y tener tradicionalmente el apoyo de casi el 30% de la población de cada lado, trabajaron como socios de sus respectivos gobiernos de derecha, “colaborando” para planificar los paquetes de ayuda. En ambos lados de la isla, la izquierda está tratando de ser “responsable”, “realista”, para no perturbar la “paz social”. Pero no puede haber paz social cuando los trabajadores y los jóvenes están perdiendo sus medios de vida o se ven empujados a la emigración. La movilización de los sindicatos en el norte, aunque todavía es bastante pequeña, y los disturbios que muestran los trabajadores del sur muestran que la necesidad de una izquierda anticapitalista es más grande que nunca.

Conclusión

La nueva crisis económica, desencadenada por la pandemia COVID-19, pero causada fundamentalmente por las condiciones de la economía mundial que ya existían, tendrá un enorme impacto en todo el mundo, ya que promete ser la crisis más global de la historia del capitalismo. Los países de Europa meridional, con sus deficiencias económicas estructurales y tras un decenio de austeridad y crecimiento económico lento o ausente, son particularmente vulnerables a esta nueva crisis, en el contexto más amplio de la zona del euro. El apoyo financiero prometido por la UE es completamente insuficiente para prevenir el devastador impacto social de la situación económica, que ya está empeorando. Por el contrario, es probable que venga acompañado de nuevas medidas de austeridad. Será cuestión de tiempo que el impacto social de todo esto se traduzca en una agitación de masas, y ya podemos ser testigos de cierto nivel de movilización en varios países y en varios sectores, como el personal sanitario en el estado español o los profesores y trabajadores del arte en Grecia. La primera ola de la pandemia también estuvo marcada por los cierres industriales impuestos por la acción de los trabajadores desde abajo, en Italia y España en particular. Como en otras partes, la ira popular contra el establecimiento aumentará exponencialmente a medida que se vayan deshaciendo los efectos de la crisis en los niveles de vida.

Al mismo tiempo, necesitamos una evaluación sobria de la capacidad de la izquierda existente en toda la región para canalizar esta ira y beneficiarse políticamente de ella en el período inmediato. Los mencionados fracasos de las nuevas formaciones de izquierda están socavando ahora su credibilidad como alternativas al statu quo, ya que algunas de ellas se han convertido en parte de él (SYRIZA y AKEL) o lo están apuntalando mientras escribimos (Podemos y el Bloque de la Izquierda); o simplemente no existen (Italia). Esto podría ver algunas ganancias para la extrema derecha populista en el corto y medio plazo, particularmente en Italia pero quizás también en el estado español y Portugal. Dicho esto, esto también irá acompañado de un cambio de conciencia hacia la izquierda, que buscará su propio vehículo político. Pero debido al reciente fracaso de la izquierda, que es vista por la mayoría de la clase obrera como pro-euro y pro-empresarial y, por lo tanto, como no ha podido demostrar ser una alternativa genuina al “establishment”, y el impacto que esto tiene en la conciencia de las capas masivas de la clase obrera, se necesitará algún tiempo y experiencia antes de que pueda desarrollarse una nueva alternativa creíble y de masa de la izquierda a partir de las luchas por venir, algunas de las cuales ya han comenzado.

Por lo tanto, la alternativa de izquierda que la gente necesita desesperadamente, para contrarrestar tanto el statu quo neoliberal como la creciente amenaza de la extrema derecha populista, muy probablemente tendrá que surgir de nuevo de los movimientos de masas y las luchas sindicales por venir, a pesar de la pobre dirección de la actual izquierda y el movimiento obrero. Esta nueva alternativa de izquierda tendrá que abandonar todas las ilusiones en la defensa de algún tipo de “capitalismo progresivo”. Esto significa también romper con la ilusión de que la UE puede ser reformada desde dentro. Lo que Europa necesita no son instituciones capitalistas más ‘democráticas’, sino la lucha internacional, la solidaridad y la coordinación entre las clases populares de todos los países. De hecho, necesita una alternativa de izquierda que tenga la audacia y la claridad de proponer una alternativa socialista, democrática e internacionalista a este sistema en bancarrota.