Marcos Ariel, simpatizante de ASI en Argentina

A un año del gobierno de Alberto Fernández, el descontento incrementa incentivado por la respuesta de su gobierno a la crisis

Se cumple un año de la victorial electoral de Alberto y Cristina Fernández, que generaron expectativas positivas en grandes sectores del pueblo argentino, fundamentalmente entre la clase trabajadora, la juventud y el movimiento de mujeres. Pero durante los últimos meses a medida que la crisis económica y la pandemia crecen, el desgaste empieza a sentirse incluso entre su propia base social y de votantes que cada vez más responsabiliza a Alberto Fernández por la deplorable situación en que se encuentra el país. La razón no hay que buscarlas en la pandemia ni en la cuarentena, sino las respuestas del gobierno a la situación económica, social y sanitaria. 

La deuda es con el pueblo

El reciente informe del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos) es lapidante en cuanto al aumento de la pobreza (40%) y la indigencia (10%) que crecieron por el aumento de los precios de los alimentos, los despidos (aunque están prohibidos), la falta de aumento salarial y la escasa ayuda social. Más de 18 millones de pobres,  y casi 5 millones de indigentes, son la expresión de la caída de la economía en un 19.1%; la desocupación que aumentó 13.1% (se perdieron mas de 1.4 millones de puestos de trabajo entre informales y formales) y una inflación del 42.8 %. Estamos viviendo niveles de pobreza similares a la crisis del 2001 que terminó en un estallido social que el mundo conoció como “El argentinazo”.

Ante esto el presidente dijo que si no fuera por la ayuda estatal, hubiera sido peor. Veamos, la única ayuda estatal a los trabajadores fue el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) que alcanzó a casi 9 millones de personas. Este ingreso que además de escaso (apenas 10.000 pesos cuando la canasta básica de alimentos vale 40.000) sólo se pagó 3 veces en 8 meses, es decir que el gobierno no pagó ni la mitad de lo anunciado.

Por otra parte los planes sociales que cobran los desocupados y que ya se pagaban desde antes que asumiera Fernandez no tuvieron ningún aumento. En promedio un desocupado cobra 8.000 pesos, totalmente insuficientes para cubrir las necesidades alimenticias mínimas. También las jubilaciones no sufrieron aumento, cuando la jubilación mínima es de 16.000 pesos.

Donde más castiga la crisis es entre los niños, jóvenes y las mujeres. En el primer caso la pobreza alcanza al 60% de los niños del país.

Esto contrasta con todos los beneficios que recibieron los capitalistas tanto nacionales como extranjeros, quienes se vieron beneficiados como por ejemplo los fondos buitres,  quienes desde que comenzó este gobierno cobraron más de 5 mil millones de dólares en deuda. También el FMI vuelve al país, recibido por el gobierno con los brazos abiertos dispuesto a pagar, sin siquiera investigar, como anunció en campaña electoral la deuda contraída por Macri. Se benefició a todos los empresarios con el pago de la mitad del salario de sus empleados, y también se les disminuyó el impuesto que pagan las exportadoras de granos y la minería. Y el tan anunciado impuesto a la riqueza será un “aporte solidario” por única vez y sólo afectará a quienes tienen declarado más de 200 millones de dólares. La mitad de lo recaudado será para subsidiar a empresas “en crisis”, como las petroleras.

Como resultado de esto, durante la pandemia, se produjo un salto brutal en la brecha entre ricos y pobres, de manera tal que el 10% más rico de la población se apropió de 25 veces de lo que percibió el 10 % más pobre.

El drama argentino es que siendo un país con una gran riqueza natural que produce alimentos para 300 millones de personas, es incapaz de alimentar a su población de 40 millones. Que teniendo un extenso territorio hay millones de familias sin un pedazo de tierra en donde vivir. Que habiendo sido uno de los países con los más avanzados derecho sociales de latinoamérica, con un sistema público de salud de calidad, un sistema educativo público y gratuito desde el kínder hasta la universidad, hoy el sistema de salud a punto de colapsar y millones de niños y jóvenes abandonaron la escuela.

Pero la crisis argentina tiene raíces estructurales que para no remontarnos muy lejos solo debemos mirar la gran crisis del 2001, cuando estalló el modelo neoliberal de la década de los 90 dejando un tendal de pobres del 20%, fabricas cerradas, empresas estatales privatizadas y vaciadas. La década que le siguió estuvo marcada por una “recuperación” y un veranito económico producto del viento de cola de la economía mundial que favoreció los precios de los commodities argentinos. Pero a pesar del superávit comercial favorable, se incrementaron los niveles de desigualdad y de trabajo precario, aun cuando se otorgaron algunos paliativos vía planes de asistencia social. Por ejemplo, durante toda la “década Kirchnerista” (12 años) la pobreza no bajó de un 25% y durante los 4 años de gobierno de Macri creció al 35%.  

A pesar de su discurso de nacionalismo desarrollista esbozado por todos los gobiernos incluido el de Alberto Fernández, lo cierto es que todos siguieron profundizando el modelo de capitalismo dependiente, cuya matriz casi exclusiva de producción es la exportación de materias primas sin valor agregado como el agro, la minería, el petróleo. Lo cual conlleva la consiguiente destrucción del medio ambiente y la naturaleza, como lo estamos viendo con los incendios intencionales de los bosques nativos. 

La lucha, una enseñanza del pasado reciente

Pero las enseñanzas del argentinazo siguen presentes en la memoria y el accionar colectivo. Así lo vemos en las más de 2.500 familias sin hogar que ocupan las tierras en Guernica, Provincia de Buenos Aires y resisten las amenazas de desalojo por parte del gobernador kirchnerista Axel Kicillof. En la enorme lucha de las docentes en Mendoza que movilizaron 20.000 personas en contra de la privatización de las escuelas. El personal de la salud que son esenciales pero este gobierno los trata como descartables y que empezaron a movilizarse. Las masivas movilizaciones en la provincia de Jujuy en contra de los femicidios. O la enorme vanguardia que se moviliza en contra de la destrucción del medio ambiente y que consiguieron una victoria al lograr que se suspenda momentáneamente el acuerdo con China que pretende convertir a la Argentina en una megafactoria porcina. Si estas luchas no son más fuerte es por el freno de las centrales sindicales y las direcciones que siguen confiando en el gobierno. 

Pero cada vez queda más claro a los ojos de miles que el gobierno de Alberto Fernández no tiene nada de progresista. Las promesas del Frente de Todos de “llenar la heladera y volver a comer asado”,  es decir redistribuir la riqueza e implementar un modelo de justicia social que favorezca a los sectores más postergados e incluso otorgar más derechos a las mujeres y a la comunidad LGBTIQ+,  contaron con una amplia base de apoyo. Pero nada de esto pasó. Además del aumento de la pobreza, los derechos de las mujeres siguen postergados, los femicidios aumentaron en la cuarentena y los voceros del gobierno ya dijeron que el aborto legal no es prioridad este año. 

El relato de que la culpa es de la crisis o es de la derecha ya no tiene asidero en la realidad. La derecha intenta montarse sobre el descontento pero no puede, porque ellos también son responsables, el pueblo no olvida que hasta hace poco tiempo ellos gobernaban. De hecho Macri figura último en cualquier encuesta de intención de voto. También el gobierno busca darles aire porque necesita un enemigo para tapar los problemas y tener a quien echarle la culpa. De esta manera le dan más entidad a un sector derrotado. Pero lo más grave es que dan aumento salarial y fortalecen a la policía y sostienen al ministro fascistoide Sergio Berni, responsable de una protesta armada fuera de la residencia presidencial el pasado 9 de septiembre.

La hoja de ruta del gobierno ya está señalada por el presupuesto para el año 2021 que contempla más recorte a los sectores populares, eliminar el IFE y establecer como meta recortar el gasto público a la mitad. 

Como terminará esto es difícil decirlo, pero las masas no tienden a tomarse bien las decepciones. A diferencia de cuando se produjo el descontento con Macri el peronismo en la oposición hizo de freno y contención para que los trabajadores movilizados no lo echaran. Esta vez la crisis encuentra por primera vez al peronismo en el poder y con una oposición que no podrá frenar a las masas enojadas puesto que no tienen representación popular.

Por una alternativa de izquierda para Argentina, una Alternativa Socialista

Ante este panorama la izquierda argentina tiene una gran responsabilidad de mostrar al conjunto de la clase trabajadora una opción de masas. Todavía no hay una fuerza política a la izquierda con capacidad de canalizar el descontento en organización a nivel masivo. El Frente de Izquierda y de Trabajadores (Unidad) es un frente electoral que le cuesta avanzar hacia algo más amplio y de construcción colectiva, como podría ser el PSOL de Brasil u otra variante de partido amplio de izquierda, o un partido de trabajadores que contenga a toda la diversidad de corrientes políticas y personalidades de izquierda e incluso sectores que tenían esperanzas en el gobierno.

Construir una izquierda que no caiga en el sectarismo autoproclamatorio estéril y tampoco en el oportunismo que busca atajos que conducen a callejones sin salida, es la tarea presente y es el desafió que Alternativa Socialista Internacional tenemos por delante, con paciencia y perseverancia pegados a la clase trabajadora, lo lograremos. 

Para tener un país verdaderamente independiente con justicia social, soberanía política e independencia económica es necesario romper con la dependencia y avanzar en empoderar a la clase trabajadora, a la juventud y al movimiento de mujeres.  Pero eso no lo hará este gobierno ni ningún gobierno de los capitalistas, eso solo es posible con un gobierno de los trabajadores y el pueblo, que empiece por romper con este sistema capitalista y avance hacia una Argentina socialista.