Después de los millones de muertes de Covid-19, la crisis climática trajo consigo un número adicional de muertes el pasado verano. Inundaciones, incendios forestales y otros fenómenos meteorológicos extremos dominaron las noticias. Para forzar una acción real necesitamos salir a la calle. Las mujeres indígenas nos están mostrando el camino, marchando por miles en la capital de Brasil el 10 de septiembre contra los renovados ataques del gobierno de Bolsonaro a sus tierras ancestrales al servicio de las corporaciones mineras y el agronegocio.

Por ROSA, Feminismo Socialista Internacional

Luchando para detener la continua destrucción de la selva amazónica, están defendiendo la vida de sus hijos, pero también luchando contra un sistema que hace que cada vez más partes del planeta sean inhabitables para todos los seres vivos. Debemos seguir su ejemplo: Necesitamos las mayores movilizaciones climáticas de la historia antes y durante la COP26 de 2021. Las feministas deben estar al frente de estas movilizaciones, porque la lucha contra el sexismo va de la mano de la lucha contra la crisis climática.

Las mujeres son más golpeadas

El sistema capitalista se basa en el trabajo no remunerado que realizan las mujeres en el hogar. Una parte de este trabajo es la crianza y la seguridad de los niños, una tarea crucial para el capitalismo, porque los niños son la próxima generación de trabajadores que crearán beneficios para el 1%. Esto hace que las mujeres sean más vulnerables a las catástrofes naturales y a las condiciones meteorológicas extremas relacionadas con la crisis climática. En situaciones de emergencia, las mujeres no sólo deben salvarse a sí mismas, sino también a sus hijos, que quizá aún no sepan caminar o nadar lo suficiente. Tras el tsunami que asoló Sri Lanka, Indonesia e India en 2004, Oxfam informó de que por cada tres hombres que sobrevivieron a la catástrofe, sólo sobrevivió una mujer.

Las mujeres no sólo realizan gran parte de las tareas domésticas no remuneradas, sino que están sobrerrepresentadas en los trabajos mal pagados: el 70% de los 1.300 millones de personas que viven en la pobreza son mujeres y el 40% de los hogares en las regiones urbanas están encabezados por una mujer (soltera). Las medidas antisociales “verdes”, como los cánones del agua, golpean más a las mujeres económicamente, al igual que la destrucción masiva causada por las catástrofes naturales, como el huracán Ida que recientemente arrasó Estados Unidos. Las mujeres a menudo no tienen, o tienen muy pocos, medios para reparar o reconstruir sus casas, y mucho menos para pagar una casa bien aislada o contratar un seguro adecuado.

Además, los refugios tras estas catástrofes tampoco suelen estar bien equipados para recibir a las mujeres. Tras el paso del huracán Katrina por Nueva Orleans, las mujeres fueron alojadas en un refugio que no tenía suficientes productos sanitarios para el número de mujeres que se alojaban allí.

El 80% de las personas obligadas a huir por los efectos de la crisis climática son mujeres. Van a parar a campos de refugiados en los que se vive en condiciones de hacinamiento y las mujeres son muy vulnerables a la violencia de género, la trata de personas, etc. En un campo de refugiados de Pakistán, más del 79% de las 200 mujeres encuestadas sufrieron violencia doméstica. Y el 46% de las mujeres de los campos de refugiados europeos dijeron sentirse inseguras.

Un trabajo mal pagado hace que muchas mujeres dependan económicamente de su pareja o de su familia y no tengan medios para escapar de una situación de violencia. La crisis sanitaria y climática del capitalismo hace que esto sea una realidad cotidiana para cada vez más mujeres. En los periodos de mayor tensión, la violencia contra las mujeres aumenta. La deshidratación de las tierras agrícolas y el acceso a cada vez menos agua potable no sólo hacen que las mujeres se desplacen más lejos para acceder a estos alimentos, sino que las lleva a comer menos o a no alimentarse en absoluto porque están en la parte inferior de la jerarquía “natural”. En otros casos, las mujeres tienen que vender su cuerpo a cambio de alimentos. Una catástrofe natural es una de esas situaciones de mayor tensión. En Australia, las cifras de violencia doméstica alcanzan su punto máximo después de los incendios forestales, que son cada vez más intensos y duraderos debido a la crisis climática.

Es hora de actuar

“Estamos en el inicio de una crisis climática y sólo se habla de dinero y de cuentos de hadas de eterno crecimiento económico”, así desenmascaró Greta Thunberg a los verdaderos asesinos del clima en su discurso ante la ONU en 2019. ¡Y eso es lo que debemos hacer de nuevo ahora! Porque al igual que el sexismo no es un problema que provenga de hombres individuales, el calentamiento global no es algo causado por personas individuales. ¡La culpa es de todo el sistema!

El movimiento climático, al igual que el movimiento feminista, tiene que volver a salir a la calle, organizar grandes jornadas de acción y huelgas. Y como en 2019, las mujeres y las feministas deben estar al frente de esta lucha. Los países más afectados por la crisis climática hoy en día son países donde las mujeres ya están gravemente oprimidas. La crisis climática está reduciendo aún más sus posibilidades de tener una vida digna.

Para forzar un cambio real, los jóvenes y los trabajadores, los hombres y las mujeres, deben luchar juntos y organizarse en torno a un programa de reivindicaciones sociales que rompa con la lógica del sistema de beneficios que es responsable de la crisis climática y que además necesita el sexismo para mantener sus beneficios.