No puede haber solución a la cuestión nacional e “indígena” bajo el marco del capitalismo. Como marxistas, reconocemos el derecho de las naciones sin Estado a la autodeterminación y respaldamos a estas naciones en su lucha. Pero somos conscientes que esta lucha no es una cuestión que involucre únicamente a estos pueblos.

Por Francisco Larrañaga, Alternativa Socialista

El 13 de agosto es una ocasión especial para la reflexión cultural. Se recuerda en esta fecha los 500 años de la derrota de la Triple Alianza ante las naciones que se oponían a su poderío en conjunto con los invasores castellanos, éstos últimos representando los intereses de su reino. No se pretende hacer una reflexión analizando el hecho como la consumación de “la conquista”, sino como el comienzo de un enfrentamiento mucho más grande y profundo entre la cosmovisión mesoamericana y la cosmovisión eurocéntrica judeocristiana, que persiste hasta nuestros días. Así, renombrar la efeméride como “500 años de resistencia indígena” parece un acierto de inicio, pues no se habla de un hecho consumado sino de una resistencia vigente y es desde esa perspectiva que se debe abordar la conversación.

Aunque, si se hace un análisis más profundo, 500 años de resistencia indígena es un título que va cargado implícitamente con la misma opresión que el discurso oficial se jacta de estar luchando para eliminar. En la realidad este discurso de disculpa y conciliación es una falacia, las opresiones (y represiones) sistemáticas a las que fueron sometidas las naciones y pueblos no colonizados en el virreinato continuaron con el imperio mexicano y están lejos de haber terminado con el establecimiento del Estado mexicano actual. Como muestra de ello Yásnaya Aguilar menciona lo siguiente::

“Si tú ves los cálculos, te das cuenta de que en 1820, alrededor del 70% de la población mexicana hablaba una lengua indígena. O sea, esta era la situación después de 300 años de colonialismo español. Con esto no quiero relativizar los estragos del colonialismo, pero el Estado mexicano redujo esa cifra hasta el 6% en poco más de 200 años”

Las formas de opresión establecidas como políticas estatales están tan asimiladas en la cultura “mexicanizada” que se pasan por alto. Retomando a Yásnaya Aguilar, se explica que hablar de resistencia “indígena” implica continuar con la idea de que lo “indígena” es un solo ente uniforme, una otredad distinta a la mayoría “mexicana y mestiza” que debe ser reducida a sus espacios, cada vez más amenazados. Esto está basado en una exitosa política de homogeneización, valga la redundancia, política, económica, social y cultural, fortalecida con el modelo educativo de la época de Vasconcelos y la consolidación del pensamiento liberal y neoliberal. El objetivo es reducir la multiculturalidad étnica a su mínima expresión de modo que no se reconozca en el territorio una pluralidad jurídica, cultural, ni lingüística.

Además de la organización social, la lengua, y los procesos jurídicos, el territorio forma parte fundamental de la composición de las naciones no colonizadas. La cosmovisión mesoamericana establece una interrelación entre el colectivo y el territorio, contrario al modelo capitalista de apropiación y explotación. Por ende, megaproyectos como el Tren Maya, la Planta Hidroeléctrica en Morelos o el Tren Transístmico implican nuevamente una subordinación de la autodeterminación de las naciones ante la hegemonía del interés económico, lo que representa una amenaza más para su existencia. Daniel Gatica menciona que a través de su fachada ambientalista, el capitalismo “asume los recursos naturales de las culturas originarias como bienes comunes que pueden y deben ser explotados en beneficio y uso de las necesidades de la población mundial, esto dentro de la lógica de los patrones de producción y consumo de la globalización y del mercado” .

La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos “Indígenas” (nuevamente este término se usa para englobar un conjunto inmenso de naciones multiculturales), firmada por México, obliga a los Estados a reconocer, respetar, proteger y promover sus derechos, sin embargo en la realidad las naciones y pueblos no colonizados deben adaptarse a sistemas económicos y jurídicos impuestos contra su voluntad y diseñados sin considerar su existencia como parte de la sociedad, sino como comunidades tangentes. Estos sistemas no sólo omiten su derecho a la autodeterminación, sino que reafirman su calidad discriminatoria al no estar ni siquiera disponibles en lenguas nacionales diferentes al español, contribuyendo a su reducción total.

Así, la “conmemoración” que el gobierno encabezó respecto a los 500 años de resistencia indígena forma parte de ese discurso falaz que enmascara de forma descarada el papel que sigue jugando el Estado en la guerra que provoca dicha resistencia. Es una nueva muestra de cómo desde el discurso oficial se reduce a las naciones no colonizadas a memorias de otros tiempos, tiempos obsoletos que ya no son vigentes para una sociedad “moderna” monocultural. Reconoce la lucha como un acto vivo y no consumado, pero no se reconoce la existencia ni la condición actual de los habitantes de estas naciones, el Estado oculta su papel dentro de la opresión a los pueblos, no busca el diálogo conjunto con todos los sectores involucrados y tampoco plantea un cambio en el paradigma que refleja a los pueblos y naciones no colonizados sólo como “pueblos indígenas”, planteando una política reductivista desde el título mismo y fomentando la profunda cultura de racismo y clasismo que predomina en la sociedad mexicana contemporánea, para la cual tampoco existen medidas adecuadas en cuanto a prevención y castigo.

Ver la maqueta monumental del templo mayor de México-Tenochtitlán, su Huey Teocalli, es impresionante. Su imagen, frente a Palacio Nacional, transmite un contraste que representa gráficamente ese enfrentamiento de cosmovisiones y estructuras organizacionales. El principal opresor de las naciones y pueblos no colonizados enarbola la conmemoración de una resistencia que nace contra sí mismo, y más impresionante es aún el silencio total de los miembros del sector empresarial, que en contubernio han creado y mantenido esta guerra que los pueblos no colonizados están cansados de resistir.

No puede haber solución a la cuestión nacional e “indígena” bajo el marco del capitalismo. Como marxistas, reconocemos el derecho de las naciones sin Estado a la autodeterminación y respaldamos a estas naciones en su lucha. Pero somos conscientes que esta lucha no es una cuestión que involucre únicamente a estos pueblos. Es necesario el esfuerzo colectivo y articulado de las y los oprimidos por el capitalismo y el Estado Burgués. Sólo vinculando las luchas de estos diferentes sectores de la sociedad es que podremos impulsar una alternativa que luche por materializar un futuro en el que no sea necesario seguir hablando de “resistencia de las naciones y pueblos no colonizados”.