La noche del domingo 21 de junio, a unas horas del cierre de casillas y sin un resultado final, la derecha en América Latina ha salido a celebrar el triunfó de Abelardo de la Espriella en Colombia. Con apenas una diferencia de 280 mil votos, menos del 1% de la votación, la derecha y sus medios pretenden imponer la narrativa del triunfo de Espriella. Ello pese a las diversas irregularidades en el proceso electoral como el desajuste en el padrón reportado desde la primera vuelta hasta la intervención de Trump en el proceso electoral. Sin mencionar el pasado de Espriella como abogado de paramilitares y promotor del uso de armas de fuego. Aunque el día de hoy, 24 de junio, se ha dado a conocer el resultado final que da como ganador a de la Espriella que ha sido reconocido por Iván Cepeda, la pequeña diferencia de votos apuntan en una dirección opuesta al del aparente triunfo irreversible de la extrema derecha.

Por Buró Latinoamericano del Proyecto por una Internacional Marxista Revolucionaria

La situación en Colombia no es nueva en América Latina. Hace apenas dos semanas, el 7 de junio, se llevó a cabo la segunda vuelta electoral en Perú entre la hija del dictador Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, heredero político del presidente revocado y encarcelado Pedro Castillo. La diferencia de apenas 40 mil votos entre Sánchez y Fujimori, 0.23% de los votos, dista mucho del escenario construido por los medios antes de la primera vuelta el 12 de abril cuando Sánchez irrumpió entre los 36 candidatos presidenciales. Esto desplazó al tercer lugar al derechista Rafel López Aliaga y desmontó la idea construida por los medios de comunicación y la derecha continental de que la segunda vuelta sería entre dos candidatos de derecha, como ocurrió el año pasado en Bolivia entre Rodrigo Paz y Jorge Quiroga.

La moderación de Espriella durante su campaña electoral, es otra muestra de que pese al discurso reaccionario y agresivo, este necesitaba atraer algunos miles de votos que no se convencían de su discurso conservador. Muy similar al ocultamiento de la agenda de Jose Antonio Kast en Chile, moderando su discurso en comparación con las elecciones de 2021, con el objetivo de atraer algunos votos para lograr su triunfo. Estos ejemplos, contradicen el análisis sobre el triunfo irrefutable que la derecha regional y algunos medios de comunicación han difundido. Por el contrario, ambos ejemplos muestran que este triunfo es más aparente que real. El apoyo descarado de Donald Trump no sólo es un abierto intervencionismo para favorecer a la derecha, es también muestra de su debilidad y deja claro que esta es incapaz de ganar por su propia fuerza. Es cierto que la derecha ha ganado las elecciones en algunos países, pero aún hace falta la prueba de las calles para que esta impulse su programa de ataques a la clase trabajadora y retroceso de los derechos conquistados. Por lo que se puede augurar gobiernos débiles, que se enfrentarán a movilizaciones contra los ataques que pretendan impulsar. Así como a un creciente descrédito por su dependencia de Trump, quien no ha tardado en señalar el apoyó que este ha dado en un intento por subrayar la deuda que tienen con él. Debilitando aún más a estos gobiernos, y que los hace incluso más débiles que al gobierno de Milei.

Los ataques a las conquistas y contrarreformas por parte Javier Milei se han enfrentado a una significativa movilización de la clase trabajadora argentina. Ejemplo de ello es la huelga general en febrero contra la reforma laboral, que ha tenido un seguimiento mayoritario de las y los trabajadores argentinos, o las movilizaciones semanales de los jubilados exigiendo un incremento de sus jubilaciones. Contrario a la idea difundida por los medios de un poderoso gobierno de Milei, ello da cuenta de su debilidad, evidenciada en la incertidumbre previa a la elección intermedia. Si Milei y sus ataques no han sido derrotados definitivamente no es por su fortaleza, sino por la falta de determinación de la izquierda y las organizaciones de la clase trabajadora. Un proceso similar está tomando forma en Chile contra la agenda de Kast, en ambos países la clase trabajadora está lejos de haber sido derrotada.

La situación en Bolivia, es un ejemplo vivo de lo que ocurrirá en el futuro próximo en caso de que en Perú y Colombia efectivamente se impongan los candidatos de derecha. La ofensiva capitalista de Rodrigo Paz, quien rechazó en un primer momento un incremento salarial demandado por la COB para enfrentar la inflación y eliminó el subsidio al diesel a principios de año, desató un proceso de movilizaciones sólo comparables a las de la Guerra del Agua y Gas, en 2000 y 2003. Las movilizaciones recientes, que comenzaron a principios de mayo, han paralizado ciudades como La Paz o Cochabamba (ver Bolivia, nuevas movilizaciones contra los ataques de la derecha). De hecho, el pasado 20 de junio, Paz ha tenido que declarar el estado de excepción en Bolivia ante la incapacidad de lograr restaurar la normalidad y pese a la estrategia de desgaste que ha impulsado para frenar las movilizaciones. Lo anterior deja claro que pese al triunfo electoral de Paz en las elecciones del año pasado, este no tiene el control de la situación política en su país. Lo mismo puede ocurrir en Perú en caso de que Keiko se imponga en las elecciones recientes, pues faltara que su política pase la prueba de las calles. Este es también el escenario al que se enfrentará inevitablemente el electo Abelardo de la Espriella en Colombia.

Por ello, más que el avance de la extrema derecha en la región como ha sido caracterizado por algunos analistas y organizaciones de izquierda, estamos frente a un impasse político. Un empate aparente, en el que los partidos de izquierda pierden el poder frente a candidatos de extrema derecha, que tampoco pueden imponer su política sin enfrentarse a grandes y poderosas movilizaciones. Lo que se explica no por un giro a la derecha de las masas en la región, sino a la ausencia de una política más decidida y combativa de los gobiernos progresistas frente a los grandes capitalistas, los monopolios y los terratenientes. Un ejemplo claro ha sido la falta de seguimiento a la huelga general convocada el 19 de febrero pasado por la CGT en Argentina contra la reforma laboral de Milei. Pese a contar con un seguimiento de alrededor del 95% de trabajadores, es decir la absoluta mayoría de la clase trabajadora argentina, la CGT controlada por los peronistas no impulsó medidas para continuar o escalar la huelga. Por el contrario, apenas el 16 de junio pasado, es decir cuatro meses después del paro de febrero, han anunciado que impulsarán una marcha federal y un nuevo paro general. Aunque no existe fecha clara de cuando se realizaran.

A finales de Mayo del 2025 ocurrió algo similar en Colombia cuando la propuesta de reforma laboral, que entre otra cosa acortaba la jornada de trabajo de 48 a 42 horas enfrentó bloqueos de la derecha en el Senado de la República colombiana. Ante este golpe, el presidente Gustavo Petro lanzó la iniciativa de una Consulta Popular para promulgar la reforma por decreto presidencial. El Senado otra vez bloqueó la Consulta Popular a fin de obtener concesiones del gobierno de Petro durante las negociaciones legislativas. Pero cuando la Consulta fue presentada por decreto presidencial de Petro y una vez más bloqueada por Consejo del Estado, el 95% de las centrales obreras del país amenazaron con convocar a una huelga general en todo Colombia. Un movimiento que tomó por sorpresa inclusive al mismo gobierno de Petro, pero que al final obligó a los representantes de la burguesía a claudicar, y un mes después la reforma laboral colombiana fue promulgada. Esto demuestra no sólo la fuerza de la clase trabajadora movilizada para lograr la conquista de sus derechos, sino los límites de la política parlamentaria que no se basa en la movilización de las y los trabajadores. La derrota de Cepeda, muestra la misma conclusión: no basta denunciar a la derecha, sin la movilización activa de la clase trabajadora es difícil revertir los resultados en una elección.

A nivel mundial somos testigos de una nueva ofensiva de la burguesía y la derecha, representada fielmente por Trump, quien ha pretendido imponerse mediante la fuerza. Sin embargo, las movilizaciones contra ICE en Estados Unidos dejan claro el camino a seguir. No es mediante la moderación que los partidos de izquierda, los sindicatos o las organizaciones campesinas e indígenas lograrán frenar los ataques de la derecha, los empresarios y terratenientes. Es la lucha decidida en las calles, en los barrios, en las ciudades y en el campo, mediante la cual los oprimidos podrán no sólo frenar los ataques sino avanzar y lograr nuevas conquistas. Al respecto el ejemplo de Portugal es claro, donde el pasado 19 de junio el parlamento ha rechazado la reforma laboral, después de que el partido ultraderechista Chega se sumará al bloque de izquierda. Por supuesto, esto no es producto de la buena voluntad de Chega sino a la enorme presión que miles de trabajadores han ejercido en las movilizaciones de los últimos meses que han incluido dos huelgas generales en seis meses.

La extrema derecha no es ni todopoderosa ni invencible, como pretende presentarse y es presentada por los medios. Pese a la bravuconería y arrogancia, la extrema derecha puede no solo ser derrotada sino obligada a retroceder mediante un programa claro que sume y movilice a la mayoría de trabajadores, mujeres, comunidad LGBTQ+, campesinos e indígenas con demandas claras. Pero las promesas no son suficientes, si estas no se vuelven realidad como lamentablemente ha ocurrido en Chile, Argentina, Bolivia o Colombia, la extrema derecha puede crecer alimentándose de la desilución.